20 noviembre 2009

VIII

Esta mañana he llamado a Sira. Le he contado lo de mi nueva vida que va en camino y que empezó ayer por la noche. Cuando colgué me lamenté por haberla llamado, porque la muy jodida no entiende nada. Es de esas personas que cuando les hablas piensan en sus uñas. No se enteraba de la profundidad de lo que le estaba contando. No entiendo cómo pude amar de ese modo a alguien tan corto. Y por eso la dejé, porque cuando la besaba notaba que en lo único que pensaba era en follar, y no en el mismo beso que le estaba propinando; en su textura y su olor. Nunca le daba importancia a las cosas por su misma esencia.

Sira me atrapó como un centrifugado de una lavadora. Es la vez que me he enamorado más rápido y con más entusiasmo, y la única vez que mi pasión iba en aumento. La conocí con Cuño; ibamos drogados hasta el peluquín. Después de deshacerme del amigo metementodo, nos enterramos en una habitación de una pensión de Madrid y no salimos pasados tres días. Lo que estuvimos haciendo parece obvio: drogarnos.

Sus padres se sintieron aliviados como nunca de nuestra ruptura, y decidieron que era un buen momento para que se fuera a la universidad; así que le pagaron la más cara de todas para hacer la carrera más fácil de todas: magisterio. Conoció muchas promociones... pero finalmente consiguió el título que tanto ansiaban sus padres. Fui a su graduación a lo yanki; a su padre no le hizo mucha ilusión verme por allí, pero a ella se le iluminaron los ojos, y a mi se me hizo pequeño el pantalón. Copa de Vermut en mano esperaba ansioso el momento de darle su merecida felicitación por tanto reto conseguido. Logré que sus padres se fueran en su coche son su niña y me dejaran transportar mi trofeo hacia Tránsito. Me la acabé follando en los asientos traseros de mi oscuro Seat Leon Supra en una estación de servicio Medas, con la atenta mirada de un foco de neón de dos pares de cojones de guapo que le iluminaba todo el trasero como si se tratara de un monologuista en un teatro de barrio. Al fin y al cabo, estaba contento que lo hubiera conseguido, de verdad; lo juro.

22 octubre 2009

VII

Me levanto temprano a pesar de ser domingo. Ayer decidí dejar las drogas y no salí. Me quedé con mi abuela Claudia jugando a la Brisca. Le conté lo de dejar los vicios y se puso a llorar. Está convencida que no lo haré, y tengo ganas que confíe en mí. Reacciono distinto con los comentarios incrédulos acerca de mis intenciones: si lo consigo mi hermana se va a tragar la lengua y los brazos, para pasar a ser muda y mutilada.

Entre partida y partida le estuve contando cosas que aunque no las entienda y sean tan inmorales que dé vergüenza de la buena contarlas, solo ella va a hacer el esfuerzo de pensar que podría vivir lo mismo que yo y cometer las mismas memeces, sin por eso decapitarme. Así que le conté lo de las drogas y lo del culo de Javi. Me dijo que ella había estado obsesionada con el culo de un feriante durante años. Me sentí bien porque me entendía; era capaz de exprimir lo que le contaba y asemejar mis histórias de mierda con su bonita pasión por culo ajeno al de mi abuelo el Cara. Tuvo que dejar de pensar en esa raja de carne, y aunque pareciese imposible, lo consiguió. A eso quiero llegar yo, a dejar las rajas de coca, y la raja de carne de Javi en paz, y meterme de lleno a buscar un camino que sea mi guía.

VI

No me aportan virtud aclarativa los pensamientos de Javi. Me cuenta unas milongas que me dan ganas de babear ante él, pero mantengo la compostura. Es el típico niño inteligente, culto, con unos progenitores presumiendo de haberle dado buena pedagogía, y a pesar de tener dinero, de ésos que dicen que lo han sabido criar para que viva sin un céntimo. Y un cojón. Javi no puede vivir sin un gramo de coca al día como mínimo, y eso no se consigue gratis, a no ser que te vendas el culo, y lo que vas a sacar no va a ser uno de los buenos, sino una gota asquerosa de heroína para fumartela como un puto yonko en un rincón de Tránsito ante el espasmo de las futuras generaciones, percatándose en ese momento que si no huyen del pueblo, van acabar siendo un montón de estiércol. Javi no és mas que un buen montón de estiércol; y bueno, yo no soy mucho más que eso. 
La tía de Javi está muy buena. Javi se la tiró hace unos meses, y su tío le rompió un diente. Parece Cuñao, y desde entonces le hemos apodado Cuño, que es una mezcla entre Cuñao, coño y yonko. A la tía de Javi se la han tirado ya unos cuantos de nosostros. Yo nunca haría una cosa así, a pesar de que sus tetas y su culo me ponen enfermo, tengo unos principios que nunca dejo a un lado, y uno de esos principios es que no me debo camelar a los familiares de mis amigos, puesto que no soportaría que nadie le lamiera el coño a mi abuela. Lo curioso es que la madre de Javi, que es hermana de la Tetas, es de lo más feo del pueblo. El colega está claro que se parece a su tía. La verdad es que si me los imagino follando me puedo llegar a hacer una paja donde sea. Son de peli porno. Por eso me siento atraido por el culo de Javi, porque también nosostros pareceríamos de peli porno.

29 julio 2009

V

Irene me está gritando. Desconecto, y pienso en un pájaro que un día chocó con la luna de mi coche y me entró parte de su plumaje muerto dentro del vehículo, por tener las ventanas bajadas. Fue un momento de asco, pensé que era lo mismo que me entraran dedos de un hombre muerto, o sus uñas, o sus huevos. Se está calmando, y es el buen momento para cambiarle de tema y preguntarle por cómo se lo pasó anoche en la cena del cumpleaños de su amiga Leti, que es más fea que pegarle a un padre con un calcetín sudado. Y joder, la muy jodida se hecha a llorar, y le digo que la folle un pez, dando pasos calmados finiquitando mi actuación con un buen portazo. Un portazo habla por sí solo, aunque depende de la precisión en el golpe que se traduce en el cierre de lo que significa. Digamos que es como el lenguaje del abanico. Mi abuela Claudia ligó mucho con el abanico; pienso que a lo mejor se quedó calva por abanicarse tanto.
Me quedo luego pensando en qué pudo pasar en la cena para que mi hermana lo pasara tan mal... Cualquier estupidez, eso seguro, aunque mi intriga puede más, y decido aguntar su diálogo de mierda: la compañera de trabajo de la amfitriona iba con el mismo vestido que ella, pillándola todas sus amigas de que si el vestido no tenía etiqueta no era porque fuese de alta costura, sino porque la había arrancado de cuajo. Y la chica contó que en las rebajas de HyM de enero lo encontró por 10 euros. Claro, quedó como una mentirosa, y es que lo es. Me gusta que sea mentirosa, está sobrevalorada la sinceridad, y la sinceridad es una puta mierda. No hay nadie más falso que el que presume de ser sincero y tolerante. Que asco me da esa gente: “yo soy una persona que ante las adversidades de la vida, aplico la sinceridad y la tolerancia”. Un buen montón de mierda le aplicaría sobre su cara para que tragara toda su vida olor a mierda. 

20 julio 2009

IV

Entro en casa de mi abuela, y ya sabe a lo que voy: a desayunar. Verla me ayuda a olvidarme de lo mucho que me drogué la noche anterior. No quise salir con Cuño; estoy harto de estar rodeado de imbéciles, y traté de salir solo por si tenía la suerte que tiene la gente en las películas: conocer a alguien especial, que me va a acompañar para los restos de mi vida. Y además de especial, que sea listo o lista, que esté bueno o buena, y que tenga un par de tetas en las que pueda hundir la cabeza. Y si lo que encontrara fuera un hombre, pues que tuviera el pene más salvaje de la comunidad autónoma en la que estamos encarceloados. Eso no lo encontré, es que ni existe; a falta de lo solicitado, me conformé con ir a la Caché a ver cómo los mismos de siemrpe bailaban las mismas canciones, y hablaban con la misma gente. Que deprimente, por dios. Compré a Marcos uno de coca y levité por la sala al son de su música más que mala. Marcos es un pluriempleado: pincha discos en la Caché y vende mercancía. Sabe aprovechar el tiempo, y me recuerda a mi madre cómo pone lavadoras y secadoras al mismo tiempo, a la vez que va planchando lo que de ellas saca.

Me prepara unas rebanadas de pan con tomate y queso y una lata de cocacola. Me siento en la mesa redonda de la cocina ante su atenta mirada. Le digo que la llevaré de viaje, que iremos en barco, en avión y en tren y llegaremos a ver paisajes que nunca hubiera podido imaginar. Iremos a Oslo, Estocolmo, Helsinki, y cuando lleguemos a Moscú, tomaremos chocolate con pasteles recién horneados en el local más prestigioso de la calle Arbat. Y veré cómo mi abuela se limpia los paluegos con el dedo, sin tener cuidado en ser vista por la señora rica de la mesa de al lado; en ese momento le va a dar igual, porque esos restos van a tener más valor que su vergüenza. Y me voy a sentir feliz como una perdiz metida en la jaula más bonita de todo Moscú.

Me lo creo, en ese momento me lo creo y sé que es con la única persona que me iría lejos de aquí, lejos de todo, lejos de los locos de los Mirambell y lejos de la vida en Transito.

14 julio 2009

III

Sábado por la mañana. Me levanto por el ruido de una mosca cojonera, de las verdes. Cuando tenía como unos doce años, mi madre aniquiló a una de ésas, y dudo que algún día pueda quitarme de la cabeza los gusanos que salieron de su cuerpo para directamente merendársela. Supongo que para aquella manada de gusanos mi madre los liberó como lo hicieron los Cien Mil Hijos de San Luis que liberaron el país de las manos de los liberales. Me visto con la ropa de ayer y bajo al baño. Me lavo los pies. En la cocina encuentro un trozo de pizza de anoche. Me lo zampo, tengo hambre; me da asco. Javi yace en el sofá, desnudo. Le miro el culo atentamente, y pienso que aunque me gustan los coños, también me gusta el culo de Javi.

Se me endurece pensando en qué pasaría si me tirara su culo, como se lo tomaria, si lo tendría que atar para poderle meter sin pelearme con él, o si por lo contrario haría realidad su fantasía de perturbado. Le tiro los bordes del trozo de pizza con fuerza sobre su culo y me largo.

08 julio 2009

II

Crecimos en Transito Viejo, un pueblo lo suficientemente grande como para poder mear en la calle a plena noche sin ser descubierto, y lo suficientemente pequeño para no poder drogarte en paz sin las miradas de desprecio de los vecinos, siempre pensando que los Mirambell estaban todos medio locos.
Mis padres estudiaron en la ciudad. Allí se conocieron, viajando en tren hacia el destino. Se enamoraron y decidieron casarse para poder descubrir sus cuerpos. Cosas de antes. Mi hermana nació primero, y heredó más locura que la que me tocó a mí. Además ella no la sabe utilizar, y no deja de ser solamente una pobre chica chiflada. En mí tuvieron la destreza de darme suficiente locura como para vivir despreocupado de mi cuerpo y preocupado por las sensaciones a vivir. Una gran mezcla, como el queso y el vino.
Mi abuelo era músico; tocaba la trompa en la banda del pueblo. Mi padre no quiso aprender a tocar nada, y le decía a su padre que prefería tocar los culos de las viejas de Transito que una vieja trompa. Luego fui yo el obligado a tocar el piano, como si pretendiera negarme el tocar culo ajeno de vieja de pueblo. Y lo consiguió; nunca me gustaron las viejas. La única vieja de Tránsito que me gustaba era la madre de mi padre. Creí que estaba hasta enamorado de ella, de su cara angelical y de su perversidad en el fondo de esa máscara. Eso es lo que me gustaba, que era algo muy distinto de lo que parecía, que conocerla era un regalo para pocos, y ella seleccionaba quién quería que formara parte de ese círculo tan pequeño al que ella mencionaba como Los Clavos, en honor a su calva. Sí, mi abuela era calva, o más bien era una cuatro-pelos. De pequeño me gustaba mucho poder llegar a mirarle la cáscara de la cabeza sin tener que apartarle la melena. Siempre me han obsesionado esas cosas: poder llegar a ver algo sin tener que apartar lo que oculta que sea visto por su naturaleza.
Mi abuelo nunca formó parte de Los Clavos. Él se enamoró de ella por sus ovejas y la leche de éstas, y porque era hija única. Así que cuando mis tatarabuelos murieron, el viejo Mirambell decidió dejar de tocar la trompa en la banda, y dedicarse a tocarse los cojones todo el día. Las ovejas trabajaban sin ayuda humana, y lo que no podían hacer ellas solas lo hacía mi abuela. Digamos que Manolo Mirambell era un cara.
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