29 julio 2009
V
20 julio 2009
IV
Entro en casa de mi abuela, y ya sabe a lo que voy: a desayunar. Verla me ayuda a olvidarme de lo mucho que me drogué la noche anterior. No quise salir con Cuño; estoy harto de estar rodeado de imbéciles, y traté de salir solo por si tenía la suerte que tiene la gente en las películas: conocer a alguien especial, que me va a acompañar para los restos de mi vida. Y además de especial, que sea listo o lista, que esté bueno o buena, y que tenga un par de tetas en las que pueda hundir la cabeza. Y si lo que encontrara fuera un hombre, pues que tuviera el pene más salvaje de la comunidad autónoma en la que estamos encarceloados. Eso no lo encontré, es que ni existe; a falta de lo solicitado, me conformé con ir a la Caché a ver cómo los mismos de siemrpe bailaban las mismas canciones, y hablaban con la misma gente. Que deprimente, por dios. Compré a Marcos uno de coca y levité por la sala al son de su música más que mala. Marcos es un pluriempleado: pincha discos en la Caché y vende mercancía. Sabe aprovechar el tiempo, y me recuerda a mi madre cómo pone lavadoras y secadoras al mismo tiempo, a la vez que va planchando lo que de ellas saca.
Me prepara unas rebanadas de pan con tomate y queso y una lata de cocacola. Me siento en la mesa redonda de la cocina ante su atenta mirada. Le digo que la llevaré de viaje, que iremos en barco, en avión y en tren y llegaremos a ver paisajes que nunca hubiera podido imaginar. Iremos a Oslo, Estocolmo, Helsinki, y cuando lleguemos a Moscú, tomaremos chocolate con pasteles recién horneados en el local más prestigioso de la calle Arbat. Y veré cómo mi abuela se limpia los paluegos con el dedo, sin tener cuidado en ser vista por la señora rica de la mesa de al lado; en ese momento le va a dar igual, porque esos restos van a tener más valor que su vergüenza. Y me voy a sentir feliz como una perdiz metida en la jaula más bonita de todo Moscú.
Me lo creo, en ese momento me lo creo y sé que es con la única persona que me iría lejos de aquí, lejos de todo, lejos de los locos de los Mirambell y lejos de la vida en Transito.
14 julio 2009
III
Sábado por la mañana. Me levanto por el ruido de una mosca cojonera, de las verdes. Cuando tenía como unos doce años, mi madre aniquiló a una de ésas, y dudo que algún día pueda quitarme de la cabeza los gusanos que salieron de su cuerpo para directamente merendársela. Supongo que para aquella manada de gusanos mi madre los liberó como lo hicieron los Cien Mil Hijos de San Luis que liberaron el país de las manos de los liberales. Me visto con la ropa de ayer y bajo al baño. Me lavo los pies. En la cocina encuentro un trozo de pizza de anoche. Me lo zampo, tengo hambre; me da asco. Javi yace en el sofá, desnudo. Le miro el culo atentamente, y pienso que aunque me gustan los coños, también me gusta el culo de Javi.
Se me endurece pensando en qué pasaría si me tirara su culo, como se lo tomaria, si lo tendría que atar para poderle meter sin pelearme con él, o si por lo contrario haría realidad su fantasía de perturbado. Le tiro los bordes del trozo de pizza con fuerza sobre su culo y me largo.