29 julio 2009

V

Irene me está gritando. Desconecto, y pienso en un pájaro que un día chocó con la luna de mi coche y me entró parte de su plumaje muerto dentro del vehículo, por tener las ventanas bajadas. Fue un momento de asco, pensé que era lo mismo que me entraran dedos de un hombre muerto, o sus uñas, o sus huevos. Se está calmando, y es el buen momento para cambiarle de tema y preguntarle por cómo se lo pasó anoche en la cena del cumpleaños de su amiga Leti, que es más fea que pegarle a un padre con un calcetín sudado. Y joder, la muy jodida se hecha a llorar, y le digo que la folle un pez, dando pasos calmados finiquitando mi actuación con un buen portazo. Un portazo habla por sí solo, aunque depende de la precisión en el golpe que se traduce en el cierre de lo que significa. Digamos que es como el lenguaje del abanico. Mi abuela Claudia ligó mucho con el abanico; pienso que a lo mejor se quedó calva por abanicarse tanto.
Me quedo luego pensando en qué pudo pasar en la cena para que mi hermana lo pasara tan mal... Cualquier estupidez, eso seguro, aunque mi intriga puede más, y decido aguntar su diálogo de mierda: la compañera de trabajo de la amfitriona iba con el mismo vestido que ella, pillándola todas sus amigas de que si el vestido no tenía etiqueta no era porque fuese de alta costura, sino porque la había arrancado de cuajo. Y la chica contó que en las rebajas de HyM de enero lo encontró por 10 euros. Claro, quedó como una mentirosa, y es que lo es. Me gusta que sea mentirosa, está sobrevalorada la sinceridad, y la sinceridad es una puta mierda. No hay nadie más falso que el que presume de ser sincero y tolerante. Que asco me da esa gente: “yo soy una persona que ante las adversidades de la vida, aplico la sinceridad y la tolerancia”. Un buen montón de mierda le aplicaría sobre su cara para que tragara toda su vida olor a mierda. 

20 julio 2009

IV

Entro en casa de mi abuela, y ya sabe a lo que voy: a desayunar. Verla me ayuda a olvidarme de lo mucho que me drogué la noche anterior. No quise salir con Cuño; estoy harto de estar rodeado de imbéciles, y traté de salir solo por si tenía la suerte que tiene la gente en las películas: conocer a alguien especial, que me va a acompañar para los restos de mi vida. Y además de especial, que sea listo o lista, que esté bueno o buena, y que tenga un par de tetas en las que pueda hundir la cabeza. Y si lo que encontrara fuera un hombre, pues que tuviera el pene más salvaje de la comunidad autónoma en la que estamos encarceloados. Eso no lo encontré, es que ni existe; a falta de lo solicitado, me conformé con ir a la Caché a ver cómo los mismos de siemrpe bailaban las mismas canciones, y hablaban con la misma gente. Que deprimente, por dios. Compré a Marcos uno de coca y levité por la sala al son de su música más que mala. Marcos es un pluriempleado: pincha discos en la Caché y vende mercancía. Sabe aprovechar el tiempo, y me recuerda a mi madre cómo pone lavadoras y secadoras al mismo tiempo, a la vez que va planchando lo que de ellas saca.

Me prepara unas rebanadas de pan con tomate y queso y una lata de cocacola. Me siento en la mesa redonda de la cocina ante su atenta mirada. Le digo que la llevaré de viaje, que iremos en barco, en avión y en tren y llegaremos a ver paisajes que nunca hubiera podido imaginar. Iremos a Oslo, Estocolmo, Helsinki, y cuando lleguemos a Moscú, tomaremos chocolate con pasteles recién horneados en el local más prestigioso de la calle Arbat. Y veré cómo mi abuela se limpia los paluegos con el dedo, sin tener cuidado en ser vista por la señora rica de la mesa de al lado; en ese momento le va a dar igual, porque esos restos van a tener más valor que su vergüenza. Y me voy a sentir feliz como una perdiz metida en la jaula más bonita de todo Moscú.

Me lo creo, en ese momento me lo creo y sé que es con la única persona que me iría lejos de aquí, lejos de todo, lejos de los locos de los Mirambell y lejos de la vida en Transito.

14 julio 2009

III

Sábado por la mañana. Me levanto por el ruido de una mosca cojonera, de las verdes. Cuando tenía como unos doce años, mi madre aniquiló a una de ésas, y dudo que algún día pueda quitarme de la cabeza los gusanos que salieron de su cuerpo para directamente merendársela. Supongo que para aquella manada de gusanos mi madre los liberó como lo hicieron los Cien Mil Hijos de San Luis que liberaron el país de las manos de los liberales. Me visto con la ropa de ayer y bajo al baño. Me lavo los pies. En la cocina encuentro un trozo de pizza de anoche. Me lo zampo, tengo hambre; me da asco. Javi yace en el sofá, desnudo. Le miro el culo atentamente, y pienso que aunque me gustan los coños, también me gusta el culo de Javi.

Se me endurece pensando en qué pasaría si me tirara su culo, como se lo tomaria, si lo tendría que atar para poderle meter sin pelearme con él, o si por lo contrario haría realidad su fantasía de perturbado. Le tiro los bordes del trozo de pizza con fuerza sobre su culo y me largo.

08 julio 2009

II

Crecimos en Transito Viejo, un pueblo lo suficientemente grande como para poder mear en la calle a plena noche sin ser descubierto, y lo suficientemente pequeño para no poder drogarte en paz sin las miradas de desprecio de los vecinos, siempre pensando que los Mirambell estaban todos medio locos.
Mis padres estudiaron en la ciudad. Allí se conocieron, viajando en tren hacia el destino. Se enamoraron y decidieron casarse para poder descubrir sus cuerpos. Cosas de antes. Mi hermana nació primero, y heredó más locura que la que me tocó a mí. Además ella no la sabe utilizar, y no deja de ser solamente una pobre chica chiflada. En mí tuvieron la destreza de darme suficiente locura como para vivir despreocupado de mi cuerpo y preocupado por las sensaciones a vivir. Una gran mezcla, como el queso y el vino.
Mi abuelo era músico; tocaba la trompa en la banda del pueblo. Mi padre no quiso aprender a tocar nada, y le decía a su padre que prefería tocar los culos de las viejas de Transito que una vieja trompa. Luego fui yo el obligado a tocar el piano, como si pretendiera negarme el tocar culo ajeno de vieja de pueblo. Y lo consiguió; nunca me gustaron las viejas. La única vieja de Tránsito que me gustaba era la madre de mi padre. Creí que estaba hasta enamorado de ella, de su cara angelical y de su perversidad en el fondo de esa máscara. Eso es lo que me gustaba, que era algo muy distinto de lo que parecía, que conocerla era un regalo para pocos, y ella seleccionaba quién quería que formara parte de ese círculo tan pequeño al que ella mencionaba como Los Clavos, en honor a su calva. Sí, mi abuela era calva, o más bien era una cuatro-pelos. De pequeño me gustaba mucho poder llegar a mirarle la cáscara de la cabeza sin tener que apartarle la melena. Siempre me han obsesionado esas cosas: poder llegar a ver algo sin tener que apartar lo que oculta que sea visto por su naturaleza.
Mi abuelo nunca formó parte de Los Clavos. Él se enamoró de ella por sus ovejas y la leche de éstas, y porque era hija única. Así que cuando mis tatarabuelos murieron, el viejo Mirambell decidió dejar de tocar la trompa en la banda, y dedicarse a tocarse los cojones todo el día. Las ovejas trabajaban sin ayuda humana, y lo que no podían hacer ellas solas lo hacía mi abuela. Digamos que Manolo Mirambell era un cara.
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